Cuentos para una tarde de ocio

$50.00 Méx

Autor:
Raúl Manríquez
 
Editorial:

Doble Hélice Ediciones

Colección:
Sol y arena n. 3
ISBN:

968-7731-35-4

País:

Chihuahua (México)

Edición:
1a. edición (Junio de 2003)
Tipo:

Libro

Tema:

Literatura

Subtema:

Cuento

Medidas:
11×16.5 cm; 4.25×6.4 in
Páginas
96 páginas
Peso:
110 gramos
Palabras clave
Literatura / Chihuahuense / Cd. Cuauhtémoc
Código:
0726
Otras características:

 

 

|Contraportada|

En este libro el autor nos entrega una hermosa colección de textos en los que el drama, el humor y la ironía se conjugan en el lenguaje ágil y preciso que caracteriza su obra y que le ha dado ya un lugar entre los nuevos narradores del país. El lector encontrará aquí, motivos para el gozo, pero también para la reflexión.
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|Sumario|

Todo un hombre / A propósito de amigos / Historia de un hombre / La seca ley / Pájaros negros / El presentidor / Lluvias de abril / Dualidad / Cibererótico / Silvia / Leyenda del Cristo y la mula / Irrealidad / Hombres de niebla.

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Comentarios, pedidos y opiniones:
(hacer notar el título al que se refiera)

|Avance|

Todo un hombre

La primera vez que Jorge Camúñez entró a la farmacia Cristo Rey saludó con entusiasmo a Esperancita. Ella lo conocía de vista, como nos conocemos todos en el pueblo, pero le respondió con frialdad. Después de todo ella era una muchacha decente, hija de la dueña de la farmacia, y él, un vago pobretón, aunque bien parecido, por cierto.

Camúñez no se dejó intimidar por aquel desaire y bien plantado sobre los gastados tacones de sus botas pidió con seguridad, casi con alegría:

—Tres preservativos, por favor.

—Pre..ser.. —dijo Esperancita, que desconocía la palabra y por lo tanto sus alcances.

—Tres condones, pues —agilizó Camúñez.

Esperancita enrojeció y se quedó trabada unos instantes; no supo si llorar de pena o enojarse con aquel desvergonzado que se atrevía a comprar sus cochinadas justamente con ella. Pudo, sin embargo, controlarse un poco y, todavía sonrojada, tomó con asco los paquetitos y los entregó a Camúñez, que se fue silbando alegremente.

Al día siguiente Camúñez volvió. Esperancita, escamada por lo del día anterior, se quedó de una pieza esperando oír cualquier otra grosería, pero esta vez el rufián fue más medido en sus palabras y solamente dijo:

—Lo mismo de ayer.

Con cierto alivio, Esperancita le despachó ensayando una indiferencia que, pensaba ella, la pondría por encima de aquel animal.

Durante varias semanas Camúñez fue cada día a la farmacia y realizó idéntica compra. Desde luego, había observado previamente que, de cuatro a seis, doña Elvira viuda de Ramírez dejaba la farmacia a cargo de la hija para irse al rosario vespertino. Era ese rato el que el desgraciado aprovechaba para realizar aquellas correrías que acabaron por serle naturales a Esperancita. Y no solo eso, sino que empezaron a generarle una turbadora curiosidad sobre la desaforada actividad sexual de Camúñez.

La muchacha, educada por su madre en la más rígida moral cristiana, nada entendía de las artes sensuales; su único novio había sido un joven demasiado decente como para ir más allá de ocasionalmente tomarla de la mano. Pero invadida por una inquietud desconocida, Esperancita se atrevió a comentarle el caso del insólito cliente a su amiga Chabelita, que llevaba ya varios años de casada.

—Debe ser un fenómeno —le dijo Chabelita—; dos o tres por semana serían muy buenos, pero... ¡tres diarios! Tiene que ser un semental.

Aquello avivó la imaginación de Esperancita. Alguna vez en la escuela secundaria había visto, como sin querer, una revista pornográfica [...]