Apaches... fantasmas de la sierra Madre

Rojas, Manuel: Apaches... fantasmas de la sierra Madre, Chihuahua, Instituto Chihuahuense de la Cultura-Instituto Sonorense de Cultura, 2008.

Cve: 01169 • Tema: Historia • Precio: $150.00

 

 

 

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Contraportada

 

Prólogo

¿De dónde son los apaches? El apache semidesnudo que aparece en las cartas de la lotería mexicana que se canta en ferias, en hogares de pueblos y en pequeñas ciudades, no es un apache. Los apaches –escribieron cronistas e historiadores del virreinato– no iban desnudos, sino vestidos de gamuza y otras pieles, y con calzado también de piel curtida, que en la sierra de Chihuahua y Sonora todavía les llaman teguas.

El tango Apache, tan popular en París y Buenos Aires, en los años treinta y cuarenta, en el que el hombre entre giro y giro arrastra a la mujer, la domina y maltrata, es una reminiscencia a todas luces racista, en la que se describe al apache como violento y cruel.

“No seas apache” nos decían nuestros padres y maestros a los niños de la sierra Tarahumara cuando golpeábamos a un niño menor o lo tratábamos con crueldad y dureza, porque tatarabuelos, bisabuelos y abuelos los conocieron y supieron de sus andanzas, robos y violencia. Quizá los padres de los niños apaches también les hayan dicho: “No seas nackayee” –no seas mexicano– cuando un niño fuerte trataba con crueldad a un niño débil. Quién sabe quiénes serian más bárbaros y crueles, si los apaches o los mexicanos de entonces que mentían, traicionaban y mataban niños y mujeres.

En Santa Rosa de Lima de Uruáchic, lugar donde nací y me crié, hay un recodo en el río que baja de las minas de Nueva Unión, que se conoce como “El Cautivo”, porque ahí vivió un uruachense, niño cautivo de los apaches, que cuando creció, se fugó, regresó al pueblo, pero ya no pudo vivir con gente de razón y se asentó a dos kilómetros de Santa Rosa. La familia de mi abuela materna fue asaltada por los apaches cuando viajaban en una caravana de Santa Rosa a Yécora, Maycoba y Dolores, sobreviviendo solo las mujeres y los niños. Y todavía en los años cincuenta, una vieja mujer apache vendía tesgüino y sotol junto al puente de la calle de Mineros, a los jóvenes que iban camino al baile del Salón Magnolia o del Salón Plaza. ¿De dónde nos viene en el norte el gusto por la carne asada y el secreto de la carne seca en tiras o machacada, y la costumbre de deshidratar elotes para hacer chacales, los orejones de manzana y durazno y los bichicores de calabaza? Herencia apache.

Quienes vivimos de jóvenes en Janos, Casas Grandes y Buenaventura, en el noroeste de Chihuahua, pudimos sentir la presencia de los apaches al ver las llanuras infinitas cercadas por cadenas de montañas azules, donde nos dijeron se escondían los bárbaros, después de sus asaltos a caravanas, o a jinetes solitarios que iban de un mineral a otro o de Chihuahua –la Ciudad de las mulas – como ellos la llamaban, a Paso del Norte, Tucson, Albuquerque o Nuestra Señora de los Ángeles. Gracias a la televisión y cine norteamericanos, para los mexicanos y para el mundo los apaches son de Estados Unidos porque los vemos perseguidos por los rangers y soldados vestidos de azul, atrincherados en fuertes donde ondea la bandera de las barras y estrellas.

Apaches ... Fantasmas de la sierra Madre , de Manuel Rojas es un libro que aparece para deshacer mitos y leyendas, para reivindicar su origen y para ilustrarnos sobre la nación apache que fue extinguida en Chihuahua y Sonora por los rifleros de Joaquín Terrazas para que pudiera construirse, dicen en Chihuahua, el ferrocarril que en los primeros años del siglo xx recorrió el estado de sur a norte hasta la nueva frontera y del centro noroeste. Este año acaba de celebrarse, precisamente, el centenario de la fundación de Creel, en 1907, el pueblo serrano que nació como una estación del ferrocarril que llegó al corazón de la sierra, cuando los apaches de San Antonio de los Arenales, Minaba, La Junta y Santa Isabel ya se habían extinguido.

Manuel Rojas, aparte de ser un hombre de teatro, es, además, un investigador incansable y tenaz, que sin plaza del INAH o beca alguna de investigación, emplea sus propios recursos, su tiempo, su energía, en darnos luz sobre asuntos y personajes que están en la sombra, en la disputa, o en el limbo. Así escribió un libro sobre el rock en México, La cicatriz, el rock en la última frontera , y otro más sobre el legendario personaje Joaquín Murrieta: el patrio que los chilenos han pretendido siempre arrebatamos. Hasta Pablo Neruda escribe su cantata sobre este héroe popular que cabalgó en el noroeste de México.

Manuel Rojas visitó archivos municipales, iglesias y misiones, hemerotecas y pueblos de Sonora, Arizona y California para demostramos que Joaquín Murrieta es nuestro, y es protagonista de nuestra historia norteña. Ahora, este hombre que vive en Mexicali y Tijuana, cayó bajo el influjo de la nación apache. Y buscó la verdad en libros de escritores del otro lado, donde los investigadores sin pudor ni vergüenza se han apropiado de los guerreros apaches; buscó en bibliotecas, archivos parroquiales y autores de acá de este lado para probar su dicho: “los apache son nuestros”; y para explicar la actitud de nuestros gobiernos federales y locales que fueron indiferentes, ignorantes y desidiosos, respecto a este extraordinario pueblo que forma parte de nuestras etnias y de nuestro patrimonio cultural.

Este valioso libro es una investigación histórica y antropológica, que se lee como una novela, por su prosa fluida, por su ritmo ágil, por las imágenes que evocan personas, lugares, ambientes y batallas. Pero, es también un ensayo lúcido donde el autor expone, argumenta, debate, abstrae y emite juicios. A veces le gana la pasión y otras se va al detalle, al color, a la observación minuciosa para convencemos y probar sus hipótesis. La información, la narración, la exposición, está clasificada en doce capítulos y un epílogo. Rojas nos cuenta cómo eran los apaches y cuál era su hábitat, en su tierra madre. Nos dice que ellos llegaron primero. Y va dedicando cada capítulo a un guerrero apache y señala a aquellos que llegaron primero. Así, nos habla de Mangas Coloradas y de la paz fracturada de Cochise, de un preso de fronteras y del origen de Victoria, el de Chihuahua, de Juh y “La Cruz del diablo” y de los mitos sobre su muerte; del origen de Gerónimo, del capitán Ernmet Crawford, comandante del Segundo Batallón de Exploradores Indios, que en 1886 con sus dos compañías invadió nuestro territorio para perseguir a Naiche, hijo de Cochise, Mangas –hijo de Mangas Coloradas– y a Gerónimo, fugitivos de la Reserva de San Carlos en Arizona y a los sobrevivientes quienes integraban el grupo de Juh.

En capítulo aparte, Manuel Rojas nos informa cómo fueron las últimas correrías y batallas de Gerónimo en Sonora, recogiendo además un estremecedor testimonio de una niña de 11 años cautiva de los apaches, rescatada y vuelta informante. Y en los dos últimos capítulos, el autor nos habla de los mexicanos en dos aguas y de los apaches remontados. Apaches ... Fantasmas de la Sierra Madre de Manuel Rojas es un libro provocador, que da múltiples pistas para que otros investigadores se entusiasmen y emprendan nuevas investigaciones para rectificar, aclarar y reivindicar la verdad histórica que está ahí, en la memoria oral o en los periódicos de la época, mexicanos y norteamericanos, y en las misiones, iglesias y archivos municipales que guardan documentos, palabras perdidas y sucesos olvidados. Esta insólita y seductora obra viene a llenar un gran vacío, una laguna inmensa en nuestra historia.

Ojalá que este apasionante libro, sustentado en una amplia y sólida bibliografia y en una ardua investigación de campo, se distribuya y llegue a las universidades, a los cubículos de centros de investigación, a las dependencias del sector cultura y al público común que será seducido por este pueblo, esta nación apache, estos guerreros que no están en la historia oficial, de uno y otro bando, perseguidos y perseguidores que vivieron en las áridas tierras de la frontera norte, jugándose la vida. No en vano se acuñó la frase que hoy en día repetimos para describir el peligro, la zozobra y el temor: “Estamos en territorio apache”. Al concluir la lectura de este libro, publicado por el Instituto Chihuahuense de Cultura en coedición con el Instituto Sonorense de Cultura, instituciones ubicadas precisamente en tierra apache, nos queda una sensación de pérdida y nostalgia y parece que escuchamos a Manuel Rojas decimos al oído: “Ay apaches, cuántas mentiras se han dicho en vuestro nombre”.

Víctor Hugo Rascón Banda

 

Índice

Reconocimientos

Prólogo

Introducción

Capítulo I. ¿Cómo eran los apaches?

Capítulo II. Los apaches, su tierra madre

Capítulo III. Ellos llegaron primero

Capítulo IV. Mangas coloradas: la paz fracturada

Capítulo V. Cochise, un preso de Fronteras

Capítulo VI. Victorio, el de Chihuahua

Capítulo VII. “La cruz del diablo” y se llama Juh

Capítulo VIII. Gerónimo nació en Sonora

Capítulo IX. Una de cal. La muerte de Crawford

Capítulo X. Renegado y rendido a los mexicanos

Capítulo XI. Mexicanos a dos aguas

Capítulo XII. Apaches remontados

Epílogo. “Que cierren las heridas”

Apéndice de barbarismos

Bibliografía.

Periódicos y revistas

Fuentes primarias